“El Fantasista”: Libro que dio fama mundial a un clásico del fútbol pampino entre “Coya Sur” y “María Elena”.

  • Hernán Rivera Letelier, que tuvo el privilegio de trabajar en la pampa,
    destacó la importancia del fútbol en la zona calichera. Vivió en Algorta, Coya
    Sur, Pedro de Valdivia y María Elena.

“Entre los cracks recordamos al Carozo, al Rigoto, al Hugo
Chaparro, al gran Mono Martínez y tantos otros que mientras
vivieron aquí, y vistieron la camiseta de la selección, ésta
resultaba casi invencible. En cambio, ahora era cuestión de sacar
cuentas, desde que estábamos bajo la bota militar que no le
ganamos un puto partido a los Cometierra. ¡Cómo nos hacían
falta aquellos jugadores!” (Primera edición de bolsillo 2016,
página 96).
Los habitantes de la salitrera Coya Sur se ven enfrentados a dos
acontecimientos que cambiarán sus vidas para siempre: el cierre
definitivo del campamento y el último partido de fútbol contra
María Elena, sus archirrivales de siempre. Y sólo un milagro
puede hacerlos ganar este trascendental encuentro.
Cuando el Fantasista aparece por las polvorientas calles de Coya
Sur, todos creen que sus plegarias han sido escuchadas. El
hombre, acompañado de una enigmática colorina, despliega sus
asombrosas virtudes de malabarismo con la pelota, dejando
atónitos a los pobladores. “Ha llegado el Mesías de la pelota
blanca.”
La novela escrita por Hernán Rivera Letelier centra la acción en la
salitrera Coya Sur, un campamento a punto de cerrarse que está
formado por seis calles de tierra ardiente, un cine con agujeros en
las paredes para que los niños pobres vean la película y una

cancha de fútbol en que las líneas están pintadas con salitre, en
vez de con cal.
Relata el paso de la gira de Expedito González, “El Fantasista del
balón”, por el lugar días antes del último partido que disputará
antes de desaparecer la ciudad. Originario de Temuco, hijo único
cuya madre murió en el parto y aficionado al equipo profesional
de Green Cross, desarrolla un “número artístico-malabarístico-
deportivo”, con evoluciones que viene ejecutando desde los cinco
años mediante un control progresivo del balón con las diferentes
partes del cuerpo, desde la cabeza hasta llegar a los pies, gracias a
una pelota de trapo, una de plástico, una de verdad usada y
descosida que le regala el club de su ciudad y un balón blanco que
le proporcionaron en un programa de televisión.
Entusiasmados con su exhibición, los habitantes de Coya Sur
intentan convencerle para que juegue con ellos el último partido,
antes de seguir su gira hacia Iquique. Apelan al recuerdo de
“Lito” Contreras, jugador del Green Cross enterrado allí, y
después intenta fugarse al no poder cumplir su promesa de
disputar el encuentro por un problema de salud.
Ante esta adversidad piensan en él para que vista los colores de
Coya Sur con el fin de desanimar psicológicamente al rival, pero
la acción toma un giro inesperado cuando su pareja, la Colorina,
le desdeña. Sumido en alcohol, salta a disputar el encuentro y al
encarar al meta rival con el balón pegado a la cabeza recibe una
patada salvaje que le produce una estrangulación inguinal que
termina en un penalti que transforma Tuny Robledo.
Entre remolinos de arena que lamen piedras, cementerios de
sepulcros abiertos, cruces y coronas de lata oxidadas por el salitre
y tormentas eléctricas con granizo, El fantasista también es una
obra coral que retrata la vida de la pampa. Presenta la capacidad
de observación de la gente, gracias al entrenador Agapito
Sánchez, que adivina el rendimiento de los jugadores por la
compra que realizaban sus mujeres.

Glosa a la mujer brava con la Loca Maluenda, líder de la hinchada
femenina que celebra los goles lanzando puñados de tierra al aire
y rescata a su marido enyesado en un hospital de la localidad
rival. Capta los espíritus con el cura Zacarías Ángel, declarado
enemigo del fútbol, al que combatía desde los sermones, tras haber
sido lateral derecho en el Deportivo Santa Luisa. Se sonríe con
curiosas coincidencias, caso de los solteros con nombre de
guerreros araucanos o del equipo de la zona que tenía en su
alineación a Aquiles, Odiseo y Hércules.
Describe la afición popular al fútbol con pichangas corriendo a
través de la pampa o encuentros informales en los que participaba
todo el pueblo con calamorros de seguridad industrial, alpargatas
de cáñamo o, simplemente, corrían a pata pelada con una
temperatura ambiental de cuarenta y seis grados. Y recoge su
algarabía con las broncas con los vecinos, en especial con María
Elena o Coya Norte, ciudad con la que la rivalidad deportiva
también alcanzaba a baloncesto, rayuela y boxeo.
En este ambiente, llama la atención la singular fuerza de dos ritos:
hablar y amar. Nada estaba completo si no se recreaba con
palabras, no se contaba a la gente para compartirlo. Esta función
del auxilio de la palabra para el deporte corre a cargo de
Cachimoco Farfán, loco que hace de periodista imitando al relator
Darío Verdugo, chupa un limón tras otro y emplea un tarro de
leche apolillado como micrófono para recordar los momentos más
destacados con una original forma de expresión que mezcla giros
deportivos, interjecciones sicalípticas, términos médicos y
cotilleos del pueblo.
La necesidad de amar de los jugadores antes de los partidos
encuentra su expresión en la relación casta de Marilina y Tuny
Robledo y en la jugada de amor que quiere realizar Choche
Maravilla entre el punto de penalti y la portería. Son instantes en
los que “el gol que huele a ángel, a música y a beso”, en expresión
de sus protagonistas.
La obra destaca la fuerza y la música del viento, que abre y cierra
la novela para determinar el carácter, resaltar el olvido. Según ha

comentado en alguna ocasión el jugador internacional chileno
Iván Zamorano, al evocar a su padre ausente en los partidos, el
fútbol es una fuerza irresistible como el viento: no se ve, pero se
siente. Y en este sentido, El fantasista aporta la brisa de la
trascendencia del fútbol en la vida de la gente, su forma de ser y
en la manera de superar las adversidades.
Y para el idioma es un constante juego de lenguaje, humor y
fantasía gracias a los relatos de Cachimoco Farfán al final de cada
capítulo y a los términos que inventa para designar acciones:
el papanicolau para el túnel o caño, el pase al callo cuando se
ejecuta con precisión, la pecosa para referirse al balón de color
marrón, el gol fosfolípido o electroencefalogramático, si es
espectacular o fenomenal.


Hernán Rivera Letelier es un escritor chileno especializado
en novelas y cuentos, cuya obra ha sido publicada en
Alemania, España, Francia, Grecia, Italia, Portugal y
Turquía, entre otros. Galardonado con el Premio del
Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile en 1994 y
1996 y con el Premio Alfaguara de Novela en 2010 en
España. Desde 2001 es Caballero de la Orden de las Letras,
distinción que otorga el Ministerio de Cultura de Francia.
El 2022 recibió el Premio Nacional de Literatura y “El
Fantasista” fue llevada al cine por la industria brasileña con
el título “El último juego”.


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